Era una noche 13 de abril cuando el cielo estaba pintado con un espléndido azul oscuro. El único sonido del lugar eran los que generaba yo al andar por la calle. Los faroles iluminaban en círculos el suelo, y yo me encontraba pasando por una calle que por el día se transitaba mucho, pero por la noche domina el silencio.
Solía pasear por la calle “salsipuedes” de Madrid, pero ese día estaba cortada así que rodeé la zona y me metí por un callejón estrecho para volver a mi casa. Me asusté un poco al ver a un sin hogar. Este se encontraba tumbado en medio del suelo boca arriba, con sus extremidades extendidas como un ritual satánico. Estaba vivo, simplemente dormía. Pasé por encima de él con cuidado de no pisarle y volví a mi casa.
Siempre que veo a un indigente pienso en personas exitosas que también lo han sido. Ese día al volver de mi habitual paseo centré mi atención a la escritora de Harry Potter. J.K.Rowling estuvo sin hogar mientras escribía Harry Potter. Constantemente se metía a un bar a pasar el tiempo y redactar en servilletas su historia. Asimismo me surgió la idea de comprar cuadernos y bolígrafos, y repartirlos por las calles a vagabundos en situaciones precarias, con la pequeña esperanza de que alguno pudiera salir de ese estado económico.
La semana siguiente me dirigí a una tienda mayorista para que me saliera más rentable, y gasté 200€ en cuadernos y bolígrafos. Los repartí por toda la ciudad. Decidí darle a uno sí y a uno no, y así sucesivamente, para así distribuirlos mejor por la ciudad.
De este modo pasó dos meses de un abrir y cerrar los ojos. Un día encendí la tele en un canal de noticias. La presentadora decía: se halla las reflexiones de un mendigo en la periferia de la ciudad de madrid. El mendigo fué encontrado muerto por hipotermia por la policía nacional. Sus conocidos lo describen como alguien de carácter amable y apasionado. Lo interesante de este caso es que quien recogió sus meditaciones es dueño de una ilustre editorial de libros, y está dispuesto a recopilar todos sus pensamientos para publicarlos.
El plan no salió como me esperaba. Me reí porque al muerto de la tele lo había conocido yo. Fué por mí que él pudo salir en la tele y dejar su pequeña huella entre la humanidad. Todos lo recordaran un poco más antes de que este recuerdo nuestro de él en la tele se disipe y su existencia quede cuestionable.
Naturalmente, por curiosidad investigué si el libro ya estaba publicado. La noticia que había visto en la tele era de la semana pasada, solo que fué reproducido otra vez por el canal. El libro sí estaba publicado, el título era patético “Las reflexiones de un vagabundo”, pero a pesar del título, el libro fué un completo éxito por lo que se podía ver. Lo leí de manera online en una página pirata.
Resumidamente, Kerry McLaren escribe sobre dos situaciones que presenció. En el primer relato sucedió tres meses después de haberse quedado sin bienes y vivir en las calles. Este presenció la pelea entre dos borrachos. Uno balbuceaba palabras ininteligibles, mientras que el otro cantaba canciones Jamaicanas. Los dos parecían entenderse pero no se entendían por razones obvias. Los dos habían sido echados por el tabernero de la zona, y a los dos les costaba ponerse de pie para pelear entre ellos. Esa fue una noche llena de gritos y tirones de pelos entre los dos alcohólicos.
El segundo relato es en el cual hace un profundo análisis de un amigo suyo. Capitán koala le llamaban, pero su nombre real era Ramses. Según Ramses, él mismo no quería trabajar. Todos se sorprenden de ello y se le dan asco. Pero Kerry dice comprenderle, y descifra que en verdad los humanos somos unos mentirosos y no mentimos solo a los demás, sino que sobre todo para sobrevivir, el ser humano se miente a sí mismo. Según le contaron a McLaren, Ramses Carabinero era un señor con familia, 1 hijo, una hermosa esposa y un gato. Era empresario de una marca de cubos, y trabajaba 12 horas al día. A pesar de ser un empresario, su empresa rozaba la bancarrota frecuentemente, y de vez en cuando tenía que hacer horas extra de trabajo. Debido al poco tiempo que le dedicaba este a su familia, su esposa lo dejó, y perdió la custodia de su único hijo. Más adelante la empresa quebró y Ramses quedó con fuertes deudas y empobrecido. Tuvo que vender todos sus bienes incluyendo a su gato. Trató de buscar trabajo pero después de presentarse ante 1333 empleos se desanimó bastante, y tiró la toalla. Simplemente nadie lo quería. Pasó la mayor parte de su tiempo en el parque, mirando como otros de la tercera edad jugaban a la petanca mientras que él, solo y hambriento, hurgaba entre las basuras de Madrid para encontrar algo que comer. Según Kerry, el cerebro de Ramses interpretó el conseguir trabajo como algo imposible, no como una posibilidad mínima. Mas, la dignidad de un hombre es sensible y vital, y al ser manchado de tal manera, uno no se recupera. Por ello muchos optan por disimular que no trabajar y tener una vida de mierda es su propia decisión y les parece bien. Y de esta manera, ellos tratan de convencerse a sí mismos también de que tienen el control total, aunque en el fondo se sientan doloridos y repudiados.
Kerry critica las medidas injustas del gobierno. Además, también cree que el gobierno debería de haber evaluado y tenido en cuenta el comportamiento y el gran esfuerzo que Ramses realizó de manera más individual y personalizada. Las leyes están hechas para las personas en general, pero hay casos pocos comunes en los cuales las leyes no tienen en cuenta la individualidad de algunas situaciones injustas. Ramses era una persona normal como todos. Si todos fueran Ramses, habrían acabado igual que él, en la calle y sin nada. El trabajo del gobierno debería de ser el de hacer del país un lugar más justo en el cual todos pudieran vivir y convivir lo mejor posible. Podría haber alguno en peores estatus que otro, pero debería de compararse entre las personas los esfuerzos de cada uno.
Después de leer el libro, tuve que admitir que me gustó mucho. Por lo que salí de mi casa para ir a una librería a comprarme el libro en físico. El problema fue que cuando salí había un barullo de personas apelotonadas en las calles que me cortaban el paso. Todas esas personas eran personas en situaciones precarias que reclamaban al gobierno “recursos mínimos que se merecían”.
Yo me eché para atrás, y volví a subirme a mi piso. Y recé para que los que tenían el mando del país no se dieran cuenta de que fue gracias a mí que se revolucionaron los vagabundos.

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